lunes, 21 de septiembre de 2009

Libertad condicionada...

Con unos jeans gastados y rotos, una camisa que me llegaba hasta las rodillas, una coleta improvisada, una botella de bebida y una mochila llena de libros de algebra, literatura, novelas, un cuaderno y un lápiz. Decidí ir a recorrer el mundo.
-Andrea me voy a caminar.- dije mientras mi madre me miraba con cara de interrogación.
-Y ¿A dónde vas?.- respondió con expectación.
-A leer, a la plaza supongo, quiero tomar un poco de aire.- No dijo nada, pero me miró con aprobación y una sonrisa un poco burlesca en la cara.
-Chao!.-dije.
-Llega antes de las 6:30 que tengo que salir.- Respondió mi mamá. Mientras yo cerraba la puerta y me dirigía a ningún lugar en especial.

El cielo estaba tan claro, que me parecía falso. Era una belleza tan intensa que me impactó. La brisa primaveral me agitaba los cabellos, mi coleta de poco a poco se iba desarmando. Sentía en mi rostro la libertad del viento y me sentí libre. Libre, ¡sí! ¡Libre! Una sonrisa apareció en mi rostro y me sentí invencible. Me sentí como nunca en mi vida. Y con una gran sonrisa proseguí por mi camino no trazado. No definido aún. Solo quería caminar. Y seguir sintiendo esa libertad… sólo un poco más.
Mientras caminaba por la ribera del canal Botrolhue-queda cerca de mi casa.-comenzó a chillar un pájaro. Era un treile que supuse por sus gritos de alerta, estaba cuidando su nido. “Las personas nunca le ponen atención a estos pobres pájaros y cuando pasan rompen sus huevos y terminan siendo atacados. ¿Qué pasaría si una mujer embarazada no cuidara su barriga?” Seguí caminando y las ideas se acaparaban en mi cabeza, el correr de la conciencia era tal que me dije a mi misma “De a una las ideas por favor!”. Caminaba y seguía caminando. Los árboles lucían hermosos. Las flores abundaban en el suelo. Todo parecía más hermoso; incluso la gente poco agraciada, como yo, se veía más linda.
Cuando pasé por el puente les regalé una sonrisa a los obreros de la construcción, que me devolvieron una sonrisa educada y tan sincera como la mía. Llena de alegría. Seguramente ellos también disfrutaban del primer día de primavera 
Después caminé sonriendo, pensando. Me sentía parte de un todo. Por unos segundos también me sentí hermosa.
Un perro jugueteaba en la reja de su casa, también feliz. No me ladró, ni me mordió. Solo miraba feliz.
Seguí mi camino hacia ninguna parte. Evité pasar por dentro de la plaza, aunque lucía más hermosa que de costumbre. Debo reconocer que incluso el vagabundo apodado “Quesillo” parecía agradable. También le dediqué una sonrisa, pero no la devolvió, simplemente ni me miró.
Mientras subía buscando un lugar más hermoso, -ya que sabía que habían más- decidí volver y quedarme un rato en la plaza. Habían personas con las que no me quería encontrar. Así que en cuanto llegué a la plaza tomé el libro “El peregrino de Sebastián González Oróstica”-que a todo esto lo imprimí.- y comencé a leerlo. Luego saqué mi cuaderno y me puse a escribir.
No había terminado de escribir ni la primera línea cuando un perro se puso a ladrar en mi dirección, a su vez por el extremos opuesto se acercaba un hombre, que pensé que era el jardinero encargado de la plaza, pero no. Era un hombre ebrio que se acercaba a mí a pasos agigantados. “¿Cómo la pasaste?” me dijo balbuceando y apestaba a vino -yo siempre digo; lo más indigno es embriagarse con vino y quedarse vagabundeando en la calle-“Eh… bien y usted” respondí lo más educadamente posible, guardando mi cuaderno, tratando de esconder lo más posible el desconcierto que tenía en mi cabeza “Odio ser un imán para los ebrios!” pensé y comentarios como ese llenaron mi cabeza. Hasta que fui interrumpida por la respuesta del hombre: “Bien… bien en lo que a Dios respecta” Titubeo, aunque casi ni énfasis les podía dar a su balbuceo crónico. “¿Tu crees en Dios?” me preguntó. “Si, pero de verdad ahora me tengo que ir a la biblioteca” mentí. Me fui y dejé al perro y al ebrio atrás.
Llegué a unos columpios. Y me puse a pensar “¿Por qué un hombre ebrio y unos perros rabiosos tienen que quitarme la libertad de estar en un lugar publico?”

Eso es porque en el mundo que vivimos solo tenemos una “Libertad Limitada” y no podemos hacer todo lo que nos plazca a demás no podrías eliminar a los perros, ni tampoco a los pájaros, seguramente esos perros sólo ladraban por miedo al ebrio.

Cuando ya había cruzado la carretera para dirigirme a otro lugar me inundó un miedo terrible. “¿Y si se me cayó algo?, ¿que pasa si perdía algo importante mientras guardaba apresuradamente mis cosas?” Quise volver, sin importar nada, pero había un perro, un bóxer, tan grande que si hubiera estado a su lado, fácilmente me llegaría a la cintura. Me fui. Seguramente no se me habría caído nada.

Subí las escaleras y me dirigí a las poblaciones a las que yo les llamaba Partenón, ya que están en las alturas y son más hermosas que las poblaciones de abajo; donde vivimos la plebe. Y me arrepentí no quería ir allá. Está todo tan gris, tan… ¿pavimentado? Que preferí volver a mi casa. Y no faltó el flaite que gritó “Washita!”

Hasta con conocidos me encontré camino a casa.

Cuando volví en mi casa todo estaba igual. Sin embargo yo ahora estaba más feliz, relajada, libre.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

MMM.. si, si interesante esa es la narración postmoderna si, eso me gusta ella tiene talento aja.
perfecto.

Ardilla Errante :v dijo...

Gracias Roa :D
Te amooo!