El día 10 de diciembre luego de ir a saludar a mi amigo Cristian por su cumpleaños, me fui raudamente a mi casa, ya que mis amigos Yoko y Gabriel estaban por llegar.
Cuando llegué a mi casa me percaté de que ellos habían llegado hace más de 15 minutos.
Fuimos a jugar a una plaza, estábamos de lo mejor hasta que llegó un grupo de gente ebria. Nos fuimos.
Decidimos ir al supermercado. Compramos pan y volvimos a mi casa.
Vimos videos de fantasmas y mi pieza vertiginosamente se llenó de malas vibras.
Era tarde. Nos acostamos, pero yo no podía dormir. Y mi amigo estaba con pesadillas.
Nos despertamos a las 6:30 am, ninguno de los tres había dormido bien. Se acercaba la despedida. Comenzamos a arreglarnos y tomamos té.
Llegaron las 9; debíamos irnos. Tomamos la micro. Caminamos. Tomamos un taxi y sin darnos cuenta ya estábamos en el aeropuerto.
Gabriel debía pesar su maleta. Y con la Yoko comenzamos a hablar sobre celulares, capacidad de mensajes y sobre cuáles eran más carne de perro.
Llegó Gabriel y Yoko grabó un video muy lindo, pero se acabó la batería del celular. Entre abrazo y abrazo; llegó la hora de partir. Sin embargo no fue un Adiós, si no un hasta pronto.
Y con mi amiga nos reíamos de que a cada rato a Gabriel le quitaban algo de metal, ya sean anillos o collares. Siempre sonaba la maquinita. Cuando lo perdimos de vista corrimos a la especie de sala desde la cual se podían ver los aviones despegar. Estaba cerrada. Seguimos corriendo. Le preguntamos a un caballero y nos dijo que fuéramos al casino. Hay estuvimos, media hora mirando el avión equivocado.
Había solo un avión, sin embargo después de media hora llegó otro y jamás nos dimos cuenta que era justamente es el que esperábamos. El otro era el avión privado de un ministro.
Estábamos nerviosas, el avión hacía un sonido demasiado fuerte y molesto.
Yoko grabó cuando el avión partió; luego la batería del celular se fue, mientras nuestros ojos con tristeza veían como el avión se perdía en el cielo.
Cuando salimos del aeropuerto aún se escuchaba el sonido que dejó el avión que nos robaba a Gatiko.
Caminamos, caminamos, nos siguió un algo, un fantasma al parecer, pero no importó. Seguimos caminando las dos de la mano, siempre derecho para llegar a la civilización.
Y justamente nos tocó el día de más calor de la semana.
Llegamos al paradero. La mi amiga Yoko compró helados para capear la sed y el cansancio. Luego tomó el bus que la llevaría a su casa
Finalmente yo tomé una micro y me fui a la casa de mi abuela a pegar en la pera y dormí 4 horas y llamé a la Yoko que estaba dormida.
2 comentarios:
Me gusta como los espíritus se meten en tu relato, circulan con toda normalidad, me encanta :)
Saludos!!
Qu estes bien!
Nos estamos leyendo!
:D
A mi me disgusta eso... Odio que siempre estén ahí... la gente por lo general no se da cuenta, pero no importa. Es mejor supongo...
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